miércoles, 21 de enero de 2015

Licio Gelli, Perón, López Rega y el cuerpo de Evita (por Marcelo Larraquy)

Licio Gelli, Perón, López Rega y el cuerpo de Evita (por Marcelo Larraquy)


Extractos del libro “López Rega, el Peronismo, y la Triple A” de Marcelo Larraquy





Fragmento del capítulo 12: La Conspiración

Licio Gelli fue el hombre encargado de persuadir a los Estados Unidos y al Vaticano de que el retorno de Perón a la Argentina implicaría una barrera contra la propagación del comunismo en América latina. Gelli instrumentó la idea y unió a las partes para ejecutarla.

A los 54 años, ya contaba con profusos antecedentes. Tenía un origen humilde, un pasado de combatiente voluntario del falangismo en la Guerra Civil Española, y había guiado y protegido a los criminales croatas que después de la Segunda Guerra Mundial necesitaban huir y preservar sus tesoros. En la década de los cincuenta, distanciado de su oficio de panadero, Gelli se convirtió en propietario de la fábrica de colchones Permaflex al mismo tiempo que todos los miércoles comenzaba a reunirse con la logia romana Gian Doménico Romagnosi, en la que se iniciaría como aprendiz masón. A pesar de que poseía un nivel cultural modesto, su capacidad de organización y su talento para descubrir qué buscaban y querían los demás lo destacarían del resto de los hermanos. Atento a sus condiciones, el Gran Maestro Venerabile Giordano Gamberini lo incorporó a la Grande Logia de Oriente y lo elevó al tercer grado de Maestro. En 1966 Gelli se instaló como secretario organizativo en una oficina en Piazza Spagna, en Roma, y, alejándose un poco de la tradición de espiritualidad y esoterismo masónico, comenzó a incorporar a nuevos miembros en un apéndice de la Grande Logia, que denominó Propaganda Due (P2). Pese a su intento de romper con el liderazgo de la antigua masonería inglesa, y crear una "contramasonería", Gelli respetó cada uno de los símbolos del rito escocés. Sondeó las intenciones y los motivos por los cuales los miembros se incorporaban, recibió las contribuciones anuales y dio tres abrazos a cada nuevo miembro de la logia. La fe anticomunista era un requisito imprescindible para ser aceptado.

La P2 empezó a funcionar como un universo aparte de la Grande Logia de Oriente y fue transformándose en una fuerza oculta, un virus que se diseminaba entre los funcionarios de más alto nivel del gobierno, las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia, la policía, los ministerios de Finanzas y del Tesoro, el Parlamento, los ejecutivos de banca, los industriales y los medios de comunicación. En sus ficheros, Gelli compilaba información sobre los hombres más poderosos de Italia: sus carreras, sus fortunas, sus compromisos, sus debilidades. A esta "sociedad de hombres libres e iguales" que juraban fidelidad a la P2, la logia les respondía con favores, ascensos, negocios, pero por sobre todo les otorgaba la seguridad de que protegería sus privilegios. Eternamente. Y para aquellos que habían quedado afuera de la esfera del poder, la logia también ofrecía una posibilidad de resarcimiento.

La P2 se iba extendiendo en las profundidades del mundo esotérico: la luz guía de esa trama secreta de hermanos que se ayudaban entre sí era Licio Gelli, su alma y matriz. La P2 era su poder personal, su masonería "privada". Cuando en 1970 el Gran Maestro Lino Salvini alcanzó el grado 33 de la Masonería y tocó la cumbre de la Logia Grande de Oriente, pronto advirtió que sus influencias en el poder, comparadas con la P2 de Gelli, contaban poco y nada.

El puente de Gelli con Perón fue Giancarlo Elia Valori. Valori también era miembro de la P2, e incluso había hecho un paso por la Logia Romagnosi, pero sus redes de sustentación estaban más ligadas a la curia romana: muchos cardenales lo consideraban una eminencia gris. Era el rol en el que Valori se sentía más a gusto. Nacido en 1940, a los 30 años se había graduado en economía en los Estados Unidos, era director internacional de la Radio Televisión Italiana (RAI) —mediante la que capitalizó su amistad con el presidente rumano Nicolás Ceausescu— y especialista en la geopolítica de China y el Mediterráneo. Como miembro fundador del Instituto de Relaciones Internacionales de Roma, Valori frecuentaba a empresarios, intelectuales y jefes de Estado. También era lobbysta de la Fiat.

Los vínculos de Valori con la Argentina se cimentaron con las conferencias que dictó en la Universidad del Salvador en los años sesenta, pero fundamentalmente a través de Arturo Frondizi. Valori oficiaba como una suerte de embajador del ex presidente argentino y cada vez que éste viajaba a Europa le organizaba encuentros políticos y religiosos. Paralelamente, visitaba a Perón en Puerta de Hierro. Lo hacía siempre acompañado de su mamá, Emilia, que había salvado la vida de ciento veinte judíos durante la ocupación alemana en Italia, y que además se había hecho muy amiga de Isabel, lo cual le agregaba una cualidad emotiva a cada encuentro. Pero el vínculo de Perón con Valori también se sostenía en el recuerdo del fallecido Leo Valori, hermano de Giancarlo, quien, como representante en la Argentina de la empresa estatal de hidrocarburos italiana, había conocido al General durante su segunda presidencia.

A partir de la relación bilateral con Frondizi y Perón, Valori empezó a batallar por la concreción del "Plan Europa". Era un proyecto estratégico para la Argentina afirmado sobre bases políticas y empresariales: unía la fuerza popular del general Perón y la visión política y el prestigio europeo de los que gozaba Frondizi con el respaldo y tutelaje de las más poderosas empresas italianas —Fiat, Techint, Pirelli— y del Mercado Común Europeo, dispuestas a invertir en el Cono Sur.

Valori intuyó que el Plan Europa había empezado a nacer tras los dos encuentros que el 13 y el 29 de marzo de 1972 mantuvieron Perón y Frondizi en Puerta de Hierro, y de los que él fue uno de los artífices junto a Rogelio Frigerio. Como resultado de las reuniones, Frondizi declaró a la prensa que habían alcanzado acuerdos para la conformación de un frente cívico. El General no hizo comentarios, aunque a su alrededor algo se movió: Jorge Antonio trató de quitarle relevancia a la figura de Frondizi, López Rega grabó las conversaciones entre los dos ex presidentes y Valori reportó la información de lo conversado a la embajada norteamericana en Roma[1].

Como miembro de la P2 —se inscribió en el Centro Cultural Europeo, refugio de la logia—, Valori presentó a Licio Gelli sus relaciones con la Argentina: Perón y su esposa Isabel. Aunque la fecha en que empezaron a producirse los encuentros entre Perón y Gelli difiere según la fuente que los relate, lo cierto es que el jefe de la P2 aprovechó el contacto. Perón le servía para mostrarse otra vez como un paladín del anticomunismo.

El plan de Gelli estaba concebido de manera diferente al de Valori. Su prioridad política, en relación con el retorno de Perón, era evitar que, a partir del desprestigio de los militares, la acción guerrillera y la convulsión social interna, la Argentina se saliera de cauce e imitara la senda revolucionaria de Chile, donde el socialista Salvador Allende había llegado al gobierno por vía electoral. La idea de utilizar a Perón como parte de un esquema institucional que contuviera el peligro del comunismo en la Argentina fue explicada por Gelli al Vaticano y al secretario de Estado Henry Kissinger, quien se la transmitió al presidente norteamericano Richard Nixon. El acuerdo por el regreso de Perón, diseñado por Gelli, unía a la masonería de la P2, al Rabinato de Nueva York —cuyo hombre en el poder era el propio Kissinger—, al Vaticano y al gobierno de los Estados Unidos. De este modo, Perón contaría con el respaldo de poderes públicos y secretos para regresar a la Argentina. Además de la lucha contra el comunismo, Gelli entendía que el nuevo gobierno peronista constituiría una buena plataforma para los negocios de la P2. Por eso, a cambio de gestionar la conformidad del poder internacional para el retorno, Gelli le pedía algo a cambio a Perón: que le permitiera infiltrar la logia masónica en la Argentina[2].

Lo paradójico es que, pese a haber oficiado de intermediario de la relación entre Gelli y el General, con la irrupción de la P2 en el esquema de Perón, el Plan Europa y el propio Valori empezaron a perder sustento en Puerta de Hierro. Uno de los principales escollos que Valori debió enfrentar para alcanzar sus objetivos fue López Rega, a quien aparentemente no le prestaba la debida atención. Valori sólo se preocupó por cautivar a Perón y a su esposa. En cambio, a partir del primer contacto, Gelli advirtió que el instrumento para llevar a cabo sus ambiciones sería López Rega[3].

El 1º de febrero de 1973, el secretario conversó durante varias horas con Gelli en el hotel Excelsior. López estaba deslumbrado por la P2. Había conocido masones en la Casa de Victoria, otros en Uruguayana, líderes político-esotéricos como Urien, pero jamás había visto tan de cerca el rostro oculto del poder masónico que representaba la logia. Gelli lo transportaba a un mundo nuevo. Si por entonces los dirigentes peronistas viajaban a Puerta de Hierro para ver al Padre Eterno, López Rega vio al enviado de Dios en Roma: era Gelli. Después de ese encuentro en el hotel Excelsior, el jefe de la P2 hospedó a López Rega y a Isabel Perón en su villa de Arezzo, y los condujo a la finca del duque Amadeo d'Aosta, en San Giustino Valdarno, a pocos kilómetros de la suya. Gelli también quedó muy satisfecho: a través de López podría conseguir ventajas tales que ya no necesitaría la intermediación de Valori. Para apuntalar su relación con López Rega y con el futuro gobierno de Perón, Gelli utilizó la red de la masonería argentina. A juzgar por la fecha de las cartas que comenzaron a circular entre Italia y la Argentina, el procedimiento fue rápido. El 4 de febrero de 1973, Gelli solicitó a Lino Salvini que lo nominara como representante masónico argentino ante la Grande Logia de Oriente d’Italia. Salvini, que atribuía escasa importancia a ese cargo, no dudó en complacerlo. Para él, la logia argentina significaba poco en el concierto masónico mundial. Dos días después, Salvini le escribió a Alcibíades Lappas, Gran Secretario de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, trasladándole el pedido de nominación de Gelli. De este modo, con el concurso de López Rega y la masonería argentina, Gelli comenzaría a infiltrar a la P2 en el futuro gobierno argentino.

(...)

Fragmento del capítulo 10: El Secretario

Perón se cortó cuando intentó abrir el féretro; las manos empezaron a sangrarle. Más que pálida, amarilla, Evita estaba dentro de una caja de zinc que estaba en el interior de una caja de madera. Parecía que la hubieran quemado. La entrega se realizó a primera hora de la noche del 3 de septiembre de 1971 en el garaje de Puerta de Hierro. El cuerpo había sido transportado desde el cementerio de Milán por un servicio funerario al que le tomó dos días llegar a España. El chofer italiano Roberto Germano condujo el féretro engañado por miembros de la inteligencia militar argentina. Pensaba que trasladaba el cuerpo de María De Magistris, bajo cuyo nombre había sido enterrada Eva Perón en 1957. Cuando el coche fúnebre estaba cerca de Madrid, los de inteligencia apartaron a Germano del volante y se dirigieron a la casa de Perón, seguidos por varios autos. El embajador Jorge Rojas Silveyra efectivizó la entrega. Perón convocó al doctor Pedro Ara, quien la había embalsamado, para corroborar que se trataba de ella. López Rega no quería que se firmara el acta de devolución hasta que quedara asentada la autenticidad del cadáver. También llegó el padre Elías Gómez, confesor de Perón, para asistirlo espiritualmente. Después arribaron las hermanas de Evita. Isabelita las ayudó a cambiarle la ropa, a ponerle un vestido nuevo y a colocarla en una mesa cubierta con una sábana blanca ubicada en el primer piso. Las domésticas le traían flores frescas cada mañana. Los primeros días, Perón pasaba varias horas junto a ella. López Rega también. El secretario le insistía a Isabel que la presencia del cadáver en la casa la ayudaría a afirmar su personalidad, para que pudiera valerse por sí sola cuando el General no estuviera. Esa era la misión que él se había impuesto desde que la conoció en 1965: lograr que Isabel tuviera una personalidad avasalladora, como la de Evita.

Para que Isabel adquiriera el espíritu de Evita, su conciencia debía entrar en estado de sopor y perderse para siempre. Debía desconectarse de la persona que era, dejar de ser ella misma, y ese vacío sería ocupado por el espíritu de Eva. Ella iba a apoderarse de su cuerpo, obraría a través suyo y guiaría sus acciones. Evita había sido una vicepresidenta frustrada. Desde entonces, su espíritu no descansaba en paz. Sólo podía redimir su karma en el cuerpo de Isabel, cuando ella acompañara al General en la presidencia de la Argentina.

Al poco tiempo de la llegada del cuerpo de Eva, López Rega comenzó a realizar los ejercicios de transferencia del espíritu. Subían a la habitación, Isabel se acostaba sobre una larga mesada, cabeza a cabeza con Eva, y el secretario iniciaba los pases mágicos. A Isabel, el cadáver la hacía sentir cada vez más pequeña dentro de la casa. No le gustaba que en su presencia se hablara de la difunta[4].

Uno de los primeros que difundió la noticia de la transferencia del espíritu de Evita a Isabel fue Jorge Paladino. Cuando volvió a Buenos Aires, dijo haber visto una sesión de magia negra una noche que subió al primer piso a llamar a la esposa del General por orden de su marido. El espectáculo lo paralizó. Fue una de las últimas veces que Paladino pudo ir a Puerta de Hierro. Al General, su delegado ya no le servía. En pocos años, Paladino había rearmado el aparato político del peronismo, recorriendo casi todo el país —con su aire perfumado, que hacía las delicias de la rama femenina, y a bordo de su Torino Grand Routier de motor cromado— para atraer a los dirigentes que habían caído bajo la seducción de Vandor o el neoperonismo. Había ganado un amplio prestigio personal dentro y fuera del peronismo. Pero ahora el General necesitaba otra política: una actitud más agresiva frente a los militares. Entonces hizo su apuesta por los sectores "duros". En ese contexto, la juventud era la nueva estrella del Movimiento Peronista[5].

A las pocas semanas de la llegada a Puerta de Hierro del cadáver de Evita, López Rega empezó a sentir los efectos en su cuerpo. Había adelgazado cinco o seis kilos. Su rostro estaba demacrado. Lo atribuyó al desgaste de su energía por oficiar como médium. El intento de transferir el espíritu de Eva a Isabel estaba conmoviendo su propio ser. Perón aprovechó la presencia del empresario Carlos Spadone en Madrid para pedirle que se lo llevara unos días a Marbella. Alonso, el jefe de la custodia, tenía un departamento pequeño en esa playa. Podrían aprovechar los últimos días de sol del verano. Al secretario no le pareció un mal programa. A las pocas horas estaban comiendo una paella en un restaurante frente a la Costanera. Luego salieron a caminar. López Rega percibió las vibraciones de la noche cósmica y se sintió único. Le dieron ganas de hablar e invitó a Spadone a sentarse en la arena. Tenía que confesarle quién era, a qué aspiraba, aunque sabía que el joven empresario, como tantos otros, jamás lo comprendería. No le importó. Necesitaba revelarse.

—Soy gran maestre masón grado treinta y tres —le dijo—. Cuando está la silla vacía, es porque yo no estoy. Yo soy Mahoma, Buda, Cristo. Estás teniendo un gran privilegio en este momento, al poder conversar frente a un ser excepcional. Por eso Perón me obedece como me obedece. Por eso Perón va a hacer lo que yo quiera. Por eso son las cosas como son.

Spadone empezó a sospechar que López Rega deliraba. Si era una broma, le pareció demasiado pesada. Se mantuvo en silencio, incrédulo.

—Te voy a hacer una prueba para que entiendas el poder que yo tengo.
—Me gustaría.
—Voy a llamar al mar. Vení conmigo —le confió el secretario.

Se levantaron y fueron hasta la orilla. López Rega hundió los pies en el agua
mientras Spadone se sacudía la arena del pantalón.

—Ahora voy a llamar a una ola gigante para que nos inunde —anticipó el secretario.

Spadone estaba sugestionado. Pensó que iba a quedar empapado. Pasaron una, dos, tres olas pequeñas y a la cuarta, el agua llegó a la orilla con más ímpetu, pegó en la arena y alcanzó a salpicarles la pantorrilla.

López Rega se mojó las manos con el agua que volvía al mar y empezó a bendecirlo.

—Ahora, todas tus energías estáticas se convertirán en poderes dinámicos. Vos también vas a tener poder —predijo.

Esa noche, en el hotel, a Spadone le costó conciliar el sueño. Una rara fantasía le hacía pensar que López Rega podía matarlo.

—Vos estás loco, López. Yo me voy. Quedate solo —le dijo apenas despertó, al día siguiente.

Se fue al aeropuerto y tomó el avión a Madrid. Durante varias horas Spadone meditó sobre si debía informarle al General acerca de lo que había sucedido. A la tarde, decidió que sí. Perón dormía. Lo recibió Isabel. En el living, Spadone calificó al secretario de "demente" y le confió lo sucedido:

—Usted —le dijo a la esposa de Perón— no debería emprender el viaje a la Argentina con él. Si hace alguna demostración semejante en público, le haría mucho daño al General y a todo el Movimiento —concluyó.

Algo lo distrajo mientras hablaba. Sintió pasos que bajaban la escalera. Era López Rega. Spadone le aseguró que anoche le había dicho cosas siniestras y que lo asustaba que el General conviviera con una persona así. El secretario la miró a Isabel:

—¿Usted no cree en las cosas que yo le digo, Isabel?
—Yo creo en todo lo que usted hace y me dice, Daniel.

Spadone no entendía qué estaba pasando. Se sentía víctima de una broma macabra. Cordial, la esposa del General lo invitó a tomar un té con algo sólido, y le pidió que no se enojara con López Rega. Era una buena persona. Ahora estaba un poco afectado por la llegada del cadáver de Evita. Al rato, Perón se levantó de la siesta y bajó las escaleras. Se sorprendió con la presencia de Spadone. Le preguntó por qué había vuelto tan pronto. El empresario le contó las cosas que había hecho López. Habló sin convicción. Temía que su relato lo condujera al mismo final que a Paladino. Perón pareció interpretarlo:

—Carlitos, quédese tranquilo —le dijo—. Todo lo que usted vio, yo lo sé hace mucho tiempo. Usted nunca dejará de ser mi amigo, y ésta es su casa. Puede seguir viniendo las veces que quiera. Si algo malo le ocurrió con López Rega, la culpa fue mía por no avisarle.



[1] Algunos años más tarde, cuando tenía orden de captura en todo el mundo, estaba sin dinero y se sentía abandonado por el también prófugo López Rega, el Gordo Vanni intentó vender las grabaciones del encuentro Perón-Frondizi. Ofreció las cintas al periodista Armando Puente, proponiéndole que las ubicara en algún medio de prensa y le diera un porcentaje a convenir (entrevista con Armando Puente). El dato de que Valori era un informante de la embajada norteamericana surge de los archivos desclasificados del Departamento de Estado. En el cable 2.382 del 20 de abril de 1972, David Lodge, embajador norteamericano en la Argentina, le pide a su par en Roma que le transmita la lectura de Valori sobre el encuentro Perón-Frondizi. Acerca de su relación con la embajada norteamericana, en entrevista con el autor, Valori aseguró que había mantenido vínculos con distintos servicios secretos europeos, a quienes intentaba convencer de que Perón no era fascista. En cambio, confió que quien tenía estrechas relaciones con la CIA era Frondizi.

[2] Acerca de los favores que Gelli habría realizado a Perón en vísperas de su retorno, en el libro Yo, Juan Domingo Perón, elaborado a partir del testimonio que el General brindara a su biógrafo Enrique Pavón Pereyra, se indica, en palabras del mismo Perón, que en 1971 Licio Gelli y Giulio Andreotti lo visitaron en Madrid y le ofrecieron sus gestiones para entregarle el cadáver de Evita. La delegación italiana le preguntó en cuánto tiempo lo quería, y ante la incredulidad de Perón, que llevaba dieciséis años de espera, se lo prometieron en tres días. En tres días el cadáver llegó. Perón dice que, cuando ya estaba en el poder, Gelli le pidió la representación comercial de la Argentina en Europa, en contraprestación por el favor realizado. Perón le respondió que nunca pagaría con los intereses de la Nación un favor personal, y que se cortaría las manos antes de hacerlo. El dato curioso es que, una vez muerto Perón, Gelli obtuvo su cargo de agregado comercial de la Argentina en la embajada de Roma y que en 1987 fue profanada la tumba de Perón y le cortaron las manos. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en el libro de Pavón Pereyra aparecen algunas contradicciones que no lo hacen del todo fiable. Por ejemplo, en la página 444, Perón comenta el atentado al intendente Alberto Campos por parte de Montoneros, cuando éste fue asesinado en diciembre de 1975, año y medio después de la muerte del propio Perón. En el largo monólogo, no es sencillo distinguir cuándo habla Perón y cuándo Pavón. En referencia a la restitución del cadáver de Evita, Valori, en entrevista con el autor, se mostró reticente a relatar cuál fue el rol del Vaticano, de Gelli, y el suyo propio, y aseguró que escribiría un libro sobre ese tema. Véase Juan Domingo Perón, Yo, Juan Domingo Perón. Relato autobiográfico, ob. cit.

[3] En entrevista con el autor, Valori indicó que no daba más importancia a López Rega que a la de "cualquier mucamo". Sin embargo, aseguró que durante el exilio del General, López Rega fue a Turín, Italia, para pedir a la Fiat una bonificación personal para influir positivamente en Perón para la realización del Plan Europa, y se la negaron. Valori no aclaró si el viaje lo realizaron juntos o si López Rega fue solo. Durante 1972, Valori escribió artículos en Las Bases y fue condecorado por Perón y López Rega con la "medalla peronista". A su vez, Isabel Perón, a través de Valori y la RAI, fue condecorada por "sus servicios distinguidos en apoyo de la comunicación humana".

[4] Isabel Perón sentía celos del cuerpo embalsamado de Eva. Quizá fuera una resistencia de su yo más íntimo a perder su propia identidad: se sentía una figura muy pequeña frente a la dimensión real e imaginaria que representaba el mito de Eva. Entrevista con el padre Elías Gómez y Domínguez.

[5] Para desencadenar el fin de la gestión de Paladino, Perón convocó a Galimberti. Desde el primer encuentro en que llevó la carta de Montoneros, el dirigente juvenil había reclutado a dirigentes "duros" del peronismo y sumado grupos juveniles bajo la conducción del Líder; mientras, Paladino había quedado atrapado en los vaivenes de las negociaciones con Lanusse. Perón organizó un careo entre su delegado y el dirigente juvenil, poniéndolos en un pie de igualdad. Galimberti, irreverente, dueño de un verbo atropellado, le criticó al delegado que no movilizara al peronismo ni realizara afiliaciones en los barrios. Por su conducción moderada —le dijo a Paladino— el peronismo jamás podría arrancarles elecciones limpias a los militares. Esa misma noche López Rega anticipó el reporte del careo a la agencia española EFE. Allí contaba con el periodista argentino Emilio Abras, canal privilegiado para trasmitir los mensajes de Perón a Buenos Aires. Paladino quedó en suspenso por unos días hasta que fue oficialmente despedido. El General detallaría "veinte observaciones" sobre la gestión de Paladino que lo llevaron a tomar tal determinación. Un párrafo indica: "Su espíritu absorbente lo llevó a la impotencia para manejar una organización tan vasta como el peronismo [...] Cuando un solo hombre quiere manejar personalmente todo, termina por ser una 'rueda loca' que gira sin engranar sino con muy pocas personas y, en consecuencia, puede haber de todo menos conducción". Véase Perón-Cooke. Correspondencia, ob. cit., tomo I, págs. 239-247.


martes, 20 de enero de 2015

ILLUMINATUS Y LOS FNORDS (Fragmento de la Trilogía Illuminatus de Robert Shea y Robert Anton Wilson)

ILLUMINATUS Y LOS FNORDS

Fragmento de la Trilogía Illuminatus de Robert Shea y Robert Anton Wilson (Parte II: La Manzana Dorada, Libro Tres: UNORDNUNG, Séptimo Viaje, o Netzach)

Traducción: Mazzu





Vi los fnords el mismo día que escuché por primera vez sobre el martini plástico. Déjenme ser bien claro y preciso sobre esto, ya que en éste viaje mucha gente es deliberada y perversamente oscura: no habría visto, o no podría haber visto los fnords si Hagbard Celine no me hubiera hipnotizado esa noche en el platillo volador.

Había estado en casa leyendo los informes de Pat Walsh y escuchando una nueva grabación del Museo de Historia Natural, y estaba añadiendo unas muestras nuevas a mi colección de fotos de Washington-Weishaupt en la pared, cuando un platillo apareció flotando afuera de mi ventana. Es innecesario decir que no me sorprendió particularmente; había guardado un poco de AUM luego de lo de Chicago y, contrariando las instrucciones del FLE, me lo había autosuministrado. Después de conocer al Dealy Lama, por no mencionar a Malaclypse el Más Viejo, y de ver al loco de Celine hablando realmente con gorilas, supuse que mi mente estaba en un punto de receptividad donde el AUM detonaría algo verdaderamente original. De hecho, el OVNI me decepcionó un poco; ya mucha gente los había visto, y yo estaba esperando ver algo que nunca nadie hubiera visto o imaginado.

Incluso fue aún más decepcionante cuando me abdujeron abordo y me encontré con Hagbard, Stella y otra gente del Lief Erikson, en lugar de encontrarme con marcianos o con una delegación insectoide de la galaxia del Cangrejo.

“Salve Discordia” dijo Hagbard.

“O salve Eris” respondí, siguiendo el patrón dos-tres para completar el cinco. “¿Se trata de algo importante o solamente quieres mostrarme tu último invento?”.

Para ser sincero, el interior del platillo era espeluznante. Todo era no-euclidiano y semitransparente; sentía que iba a caer a través del piso y a hacerme añicos contra el suelo allá abajo. Y cuando comenzó a moverse fue peor.

“No dejes que el diseño te perturbe” dijo Hagbard. Es mi propia adaptación de la geometría sinérgica de Bucky Fuller. Es más pequeño y sólido de lo que parece. No te caerás, créeme”.

“¿Este artilugio está detrás de todos los avistamientos de OVNIs que se han reportado desde 1947?” pregunté con curiosidad.

“No exactamente” Hagbard rió. “Eso es un fraude, básicamente. Ese plan fue creado por el Gobierno de los EEUU durante el primer mandato de Roosevelt, una de las pocas ideas que tuvieron sin la inspiración directa de los Illuminati. Una medida de reserva en caso de que pase algo con Rusia y China”.

“Hola nena” saludé a Stella suavemente, recordando lo de San Francisco. “¿Serías tan amable de explicarme, con menos retórica y paradojas, de carajo está hablando Hagbard?”.

“El Estado está basado en el miedo” dijo ella simplemente. “Si la gente no temiera a nada, se daría cuenta de que no necesita esa enorme mano gubernamental metida todo el tiempo en sus bolsillos. Así que plantaron el mito de los platillos en caso de que Rusia y China colapsen por una disensión interna, o que entren en guerra entre ellos y vuelen en pedacitos, o que sufran alguna catástrofe natural inesperada como una serie de terremotos. Si ya no hay enemigos para asustar a los estadounidenses, el mito de los platillos cambiará inmediatamente. Habrá ‘evidencia’ de que vienen de Marte y planean invadirnos y esclavizarnos ¿Entiendes?”.

“Así que construí este aparato que me permite ir a donde quiera sin interferencias” añadió Hagbard. “Cualquier avistamiento de esta nave, ya sea por parte de un operador de radar con veinte años de experiencia o de una viejecita de Perth Amboy, será desechado por el gobierno como un caso de autosugestión - porque es algo que ellos mismos inventaron -. Puedo volar sobre ciudades como New York o sobre instalaciones militares súper secretas, o sobre cualquier maldito lugar que se me ocurra ¿No es lindo?”.

“Muy lindo, si” respondí, “pero ¿Para qué me trajiste aquí arriba?”

“Porque es momento de que veas los fnords”. Y entonces desperté en mi cama a la mañana siguiente. Me hice el desayuno de muy mal humor preguntándome si había logrado ver los fnords (sean lo que mierda sean) durante esas horas borradas, o si los vería tan pronto saliera a la calle. Debo admitir que tenía ideas bastante espeluznantes sobre ellos. Criaturas sobrevivientes de la Atlántida con tres ojos y tentáculos que caminaban entre nosotros, invisibles gracias a algún tipo de escudo mental, y que hacían trabajos secretos para los Illuminati. Era un concepto desconcertante, aunque finalmente cedí al miedo y miré por la ventana pensando que sería mejor verlos primero desde lejos.

Nada. Solamente gente ordinaria y somnolienta que se dirigía a tomar el autobús o el subterráneo.

Eso me calmó un poco, así que preparé las tostadas y el café, y fui a buscar el New York Times al pasillo. Encendí la radio y sintonicé algo de Vivaldi en la WBAI, me senté, tomé una tostada y comencé a leer la portada del diario.

Entonces vi los fnords.

El artículo hablaba sobre las interminables disputas entre Rusia y los EEUU durante la asamblea general de la ONU, y luego de cada cita directa del discurso del delegado ruso, pude leer un “¡Fnord!” bastante destacado. La segunda nota era sobre el debate en el congreso para retirar las tropas de Costa Rica; cada argumento presentado por el Senador Bacon era seguido por otro “¡Fnord!”. Al pié de la página había una editorial típica del Times sobre el problema creciente de la contaminación ambiental y el incremento del uso de máscaras de gas entre los neoyorquinos; los elementos químicos más alarmantes estaban interpolados con un montón de “Fnords”.

De repente vi los ojos de Hagbard quemándome y escuché su voz: “Tu corazón permanecerá en calma. Tus glándulas suprarrenales (tu adrenalina) permanecerán en calma. Calma, todo en calma. No entrarás en pánico. Mirarás al fnord y lo verás. No lo evadirás ni lo borrarás de tu mente. Vas a permanecer en calma y vas a enfrentarlo”. Y más atrás, mucho antes: mi maestro de primer grado escribiendo FNORD en el pizarrón mientras una rueda con un dibujo en espiral giraba y giraba en su escritorio, giraba y giraba y su voz que decía monótonamente

EL FNORD NO TE COMERÁ SI NO LO VES,
NO VEAS EL FNORD, NO VEAS EL FNORD…

Volví a mirar el diario y todavía podía ver los fnords.

Todo aquello estaba un paso más allá del condicionamiento de Pavlov, pensé. El primer reflejo condicionado era experimentar una reacción de pánico (o síndrome de activación) cada vez que encontrabas la palabra “fnord”. El segundo reflejo condicionado era bloquear lo sucedido, incluso la palabra misma, seguido por un sentimiento de angustia remanente que no podemos explicar. Y, por supuesto, el tercer paso era atribuir esa ansiedad a las noticias del diario que ya de por sí eran bastante malas.

La esencia del control es el miedo. Los fnords provocaban que toda una población estuviera angustiada, atormentada por úlceras, mareos, pesadillas, taquicardia y otros síntomas del exceso de adrenalina. Toda mi arrogancia izquierdista y la apatía por mis paisanos se derritieron, y sentí una lástima genuina. Me di cuenta por qué los pobres bastardos creían en todo lo que se les decía, por qué aguantaban la polución y el transito abarrotado sin quejarse, por qué nunca protestaban ni devolvían las agresiones, por qué nunca demostraban mucha alegría, excitación, curiosidad o cualquier otra emoción humana normal, por qué vivían perpetuamente con una visión restringida, por qué pasaban por los barrios bajos sin notar la miseria ajena o el propio peligro… Entonces tuve una corazonada y busqué los avisos comerciales del diario. Fue como imaginaba: no contenían fnords. Esa era otra parte del truco: solamente a través del consumismo, un consumismo permanente, la gente podía escapar de la amenaza amorfa de los fnords invisibles.

Seguí pensando en eso camino a la oficina. Si yo le señalara un fnord a una persona que no había sido desprogramada como Hagbard hizo conmigo ¿Qué diría? Probablemente leería la palabra previa o posterior al fnord. “No, ésta palabra”, diría yo. Y aún así seguiría leyendo una palabra adyacente ¿Se elevaría su nivel de pánico a medida que la amenaza se acercara la mente conciente? Preferí no intentar ese experimento; podría provocarle una fuga sicótica al sujeto. Después de todo, el condicionamiento debía datar desde antes de la escuela. No me extraña que todos odiemos tanto a nuestros profesores: tenemos una idea leve y difusa de lo que nos han hecho al convertirnos en fieles sirvientes de los Illuminati.